viernes, 29 de noviembre de 2013

Cagliari y regreso

Hoy os cuento el final de nuestro Crucero por el Mediterráneo, que nos llevó durante toda una semana por Túnez, Palermo, Nápoles y Roma, y hacía su última escala en Cagliari.

Cagliari es la capital de la región autónoma italiana e isla de Cerdeña, que se sitúa en su extremo sur. Por desgracia, estos últimos días, la isla ha estado presente en los medios de comunicación por los 16 muertos y los 2.300 desalojados, tras el paso del tifón por la zona norte.


Pero cuando nosotros pasamos por allí, tanto el mar como la meteorología estaban totalmente calmados y pudimos disfrutar de una jornada relajada... aunque no tanto de una perfecta escala. 

Y me refiero a que (según mi humilde opinión), el hecho de detenerse en Cagliari al regreso de la bota italiana se debe más a una cuestión estratégica en la navegación que a lo que puede aportar la ciudad en un viaje.

Se trata de una pequeña urbe de 150.000 habitantes, con la que compartimos mucho del pasado, pues estuvo bajo el Imperio de las Austrias tras el matrimonio entre Fernando de Aragón e Isabel de Castilla, Cagliari, y Cerdeña.

Pero tal vez el hecho de que viniéramos directos de Roma, la cuna de la civilización, que sea una ciudad en la que predominan los museos (para los que no disponíamos de tiempo) por encima de los monumentos o que no esté 100% enfocada al turismo (ni un puestecito de souvenirs entre las carísimas tiendas del turismo de lujo), hizo que nos diera una impresión poco favorable de un lugar que seguro es encantador e interesantísimo.



El caso es que tras visitar rápidamente el centro de la ciudad y comprar pasta y aceite (ahí sí que acertamos), nos subimos de nuevo al barco, con intención de disfrutar al 100% de las instalaciones.

Nos quedaba toda una jornada de regreso hasta Valencia, a la que únicamente se le puede reprochar la aglomeración que se produce en cualquier rincón del crucero, por culpa del desalojo de las habitaciones (para limpiarlas para los siguientes viajeros) desde las 11 de la mañana del último día.

A pesar de todo, nos queda un recuerdo fantástico del viaje con esas 2 únicas pegas: si volviera a hacerlo pediría a Iberocruceros, tal vez una última escala diferente y me encerraría en el camarote... hasta que me echaran, ja, ja, ja.


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